Nota inicial: Si por casualidad me lee alguien fuera de Venezuela o alguien muy joven que quizás no esté informado, Venezuela ha estado bajo dominio de un régimen autoritario desde hace cerca de 25 años, que ha consolidado lentamente su poder hasta poder consolidarse actualmente como una dictadura. El filme discutido el día de hoy trata sobre uno de los mayores tiempos de crisis económica, donde la escasez, la inflación y el terror del estado llegaron a niveles inhumanos, resultando en la muerte de cientos y en la migración de millones de venezolanos. Debido a esto hubo protestas en 2014 que fueron fuertemente reprimidas por la dictadura, habría más protestas y más destrucción hasta 2019. En los últimos años, la situación en Venezuela ha cambiado pero el control político recae meramente en un partido y económicamente el país está lejos de la estabilidad incluso comparado con otros países de la región. Este no es un blog de política, ni pretendo involucrarme en eso (de hecho, admitiré que, aunque sincero, mi resumen es totalmente subjetivo). Pero dado que este es un filme donde el tema político y el contexto de las protestas que el protagonista vive y los venezolanos de mi generación presenciaron es clave para el drama central y el análisis del mismo, creí que un breve repaso histórico era necesario. Espero que el resto de la reseña sea del gusto de quienes la lean…
¿Qué significa ser venezolano? Como alguien que ha sido
venezolano por casi 3 décadas de vida, aun no creo poder responder con
exactitud. Definir una nacionalidad, como definir todo en la vida, es más
complicado de lo que la mayoría cree. Después de todo una nación se compone de
aquellos que nacieron en sus territorios, de aquellos que no nacieron pero
consiguieron su hogar aquí, de sus descendientes que están fueras de sus
fronteras, del pobre, del rico, del criminal, del inocente, del que usa su
poder para oprimir dentro de la nación y de aquellos que sufren bajo ese poder,
sin mencionar de aquellos en el medio que solo buscan sobrevivir, todos son
experiencias diferentes imposibles de juntar y aun así todos forman una misma
nación. Pero una nación también se compone de historias y momentos, ya sean de
las mayores tragedias que fueron sentidas por todos o por instantes más alegres
como una canción icónica que se vuelve sinónimo con haber nacido en una nación.
Pienso en particular en la versión larga de Feliz Cumpleaños, que se ha cantado
tanto por mi generación como las anteriores al punto que me pareció extraño la
primera vez que escuche que no se cantaba fuera del país. Son solo unos versos
adicionales a la canción conocida con un poco más de poesía, quizás un poco
cursi y no del todo necesaria, pero al escuchar esa versión de Feliz cumpleaños
al inicio de Simón, ya sabía que esta
era una película con toda la vida y alegría de ser venezolano… Y cuando me fijé
que la canción de cumpleaños era cantada a una persona con lentes negros,
recordando a las personas que terminaron ciegas por disparos con perdigones en
las protestas de 2014 (entre muchos otros años), supe que era un filme sobre
todas las durezas y luchas que también forman parte de ser venezolano.
La escena continúa, confirmando la relación del filme con
las protestas ocurridas en el auge de la crisis venezolana, intercalando el
feliz cumpleaños con montajes de cámara lenta que parece recordar momentos de
intensidad de una película de guerra (como debió sentirse para los protestantes
en su momento). Rápidamente conocemos a Simón, el protagonista de la película
que orienta la perspectiva de la misma, viviendo en Miami en una condición
económica delicada como muchos inmigrantes y entendemos que los recuerdos que
hemos visto son una versión subjetiva, quizás hasta romantizada de su vida en
Venezuela. Este se vuelve el modus operandi del filme, Diego Vicentini, el
director y escritor del filme conserva el tono apropiado para cada escena sin
romper las normas de la realidad, pero manteniendo en la mayoría de las escenas
la perspectiva subjetiva de Simón expresada en un lenguaje, a falta de una palabra
mejor, muy hollywoodense. Vicentini usa el lenguaje de las películas
comerciales para expresar como Simón ve el mundo: las escenas en que Simón
termina bajo la captura y tortura de las fuerzas de seguridad se sienten como
una película de terror, los momentos en los que baila en una discoteca en Miami
enamorándose de una persona y simbólicamente de la normalidad que encuentra en
un nuevo país se siente como un sueño de colores. Esto funciona a favor del
filme y en su contra, pues, aunque Vicentini entiende bien el lenguaje del
drama, a veces va muy lejos en su construcción de escenas para el mayor impacto
dramático. Esto conlleva a que lo que debería ser un filme personal sobre un
protestante buscando refugio en un nuevo país, se vuelva de la nada en un filme
de crimen y acción en unos minutos o un romance que puede parecer algo trillado
de “Chico con trauma consigue Chica que busca arreglar a alguien”. No es que
estos momentos no tengan propósito: de hecho, esa escena de tensión sirve para
mostrar cómo, aunque el protagonista escapó el peligro de la dictadura aun
enfrente el peligro de ser inmigrante y se siente como una extensión del mismo
peligro que intenta escapar. También el romance que se encuentra en la película
tiene sentido si lo vemos como que el protagonista busca algún vestigio de
normalidad en la situación cruel que ha vivido. Entiendo por qué están aquí
pero no puedo evitar pensar que, con los arquetipos de drama utilizados, se
puede sentir algo artificial en un filme que el resto del tiempo es mucho más
sobrio.
Pero, por otro lado, Vicentini nunca pierde control del
tono. Aun en las escenas más dramáticas, el tono no es tan exagerado que no nos
importe lo que pase o rompa la realidad de la película. Sabe tomar las
decisiones correctas para que esta historia y sus personajes se sientan de
carne y hueso. Vemos el control sobre estos tonos en una escena en la cual
Simón habla en línea con sus viejos compañeros de universidad: en lugar de
mostrar la videollamada, vemos a los personajes en su viejo salón, lo cual
podría sentirse como que rompe un poco el tono realista pero el filme no
exagera demasiado con el enfoque y las actuaciones ayudan a establecer la
autenticidad de la conversación y cuando vi el plano general en el que Simón se
veía solo en contraste con el plano general en que todos sus compañeros están
del otro lado, supe que el filme estaba transmitiendo bien el sentir de
aislamiento del protagonista. Así es como podría describir al filme: una serie
de decisiones y restricciones pequeñas pero que hacen la diferencia y hacen que
el producto funcione.
Vemos esta funcionalidad también en las actuaciones: Roberto
Jaramillo es una fuerza imponente en escena que a la vez sabe transmitir
suficiente calidez y carisma en su personaje que hace que lo entiendas
perfectamente como el mejor amigo de Simón. Jana Nawartschi como el interés
romántico, más allá de mis criticas ya discutidas, no cabe duda de que sabe
darle realismo y tridimensionalidad a un personaje francamente noble. Luis
Silva como Joaquín era el personaje que más me preocupaba que podía terminar
siendo una caricatura pero, de nuevo, el filme sabe mantener el tono adecuado
para un personaje no del todo agradable pero aun así humano. Una actuación que
puede pasar desapercibida es la de Pedro Pablo Porras, que retrata el sadismo
indefendible de un guardia nacional torturador pero que detrás de la caricatura
villana presenta algunas expresiones claves que expresan la motivación y
psicología de su personaje. Pero hay que destacar a Franklin Virguez, que
usualmente tiene un estilo de gran expresión emocional que funciona bien para
el melodrama de las telenovelas o la teatralidad del escenario, pero puede
terminar matando el tono de un filme serio. Afortunadamente Virguez sabe
manejar una escena con lo que solo se puede describir como una mirada
inquietante y el filme entiende que esto es suficiente para mostrar el poder y
maldad de su personaje. Se siente como una evolución de personajes malvados que
ha interpretado antes, como la vez que interpreto el mismo a un guardia
torturador en el corto La Tumba, se
siente como interpretó tan bien a un villano que lo ascendieron a jefe del
campo de tortura en este filme.
Pero por supuesto, un filme como este vive o muere por su
actuación principal y afortunadamente la actuación de Christian McGaffney está
a la par de las necesidades del proyecto. Alternando entre los tiempos de
protesta llenos de idealismo y el presente plagado de dolor y arrepentimiento,
el cambió no solo se ve en el físico con el peinado y la barba, sino en la
mirada de tristeza que McGaffney mantiene en cada toma sin sobrevenderla. Pero
también hay una emoción dentro de su actuación y dentro del filme que creo que
es la clave del centro emocional de esta historia: la culpa.
Aquí es donde más allá de charlas sobre calidad y sobre
qué funciona y qué no dentro del filme que ya se ha cubierto en este texto, es
dónde puedo decir que conecto personalmente con la obra. Porque al final una
obra de arte busca exponer una verdad emocional en una forma que sea captada
por la gente que reciba la obra. Si esta conexión no existe, no importa si el
resto de la obra “funciona”. Y lo mismo al revés, toda la charla técnica sobre
el filme, aunque importante, es secundaria a un echo simple: cuando Simón lloró
en una escena clave en el clímax del filme: lo sentí. Sentí esa tristeza, sentí
esa rabia, sentí esa culpa. Porque a pesar de que esta es una historia ficticia
sobre alguien muy diferente a mí: un líder estudiantil que sufrió tortura y
huyó del país mientras que yo soy alguien que, lo confieso, ha puesto prioridad
su vida personal por encima de la política y ha logrado sobrevivir y mantenerse
aquí, al final por la magia del arte que trasciende experiencias ficticias y
reales, se comparte un sentimiento en común: culpa de no haber hecho lo
correcto. Culpa por perder esta nación. Culpa por los que murieron en
protestas, torturas, de hambre o por enfermedad, a pesar de que uno sigue aquí.
Pero esta es la cuestión con la culpa, la rabia, la
tristeza y las emociones en general: tienen dos cualidades peculiares: 1) no son
racionales, después de todo, los responsables de las muertes y la tragedia del
país son los políticos y militares que tomaron el control del gobierno y
establecieron la dictadura. 2) Las emociones cambian. En 2014 mi ira parecía eterna,
hoy no ha desaparecido, pero es menos visceral. Y eso en sí mismo trae sus propias
emociones deprimentes: ¿Cómo puedo dejar de sentir la misma rabia cuando no
somos más libres ahora que hace 10 años? Seguro, ahora puedo conseguir más
comida, pero ahora tengo más miedo de hablar en público, incluso la minúscula posibilidad
de que algún cargo importante de la política lea algunas de las cosas que he escribo
aquí me asusta un poco. Pero, aun así, no estoy tan enojado, tengo más momentos
de felicidad y he comprometido más mis ideas que parecían inmutables hace. No
sé si soy mejor o peor persona por eso, pero sé que soy humano. Y al final por
eso conecto con Simón, tanto el filme como el personaje, se trata de un humano
tratando de contestar la pregunta de cómo seguir después de todas las
injusticias que nuestro país ha vivido y aún vive.
Y la parte más frustrante tanto para el filme como para
nuestra realidad es que no hay una respuesta. El filme termina en un tono
ambiguo, casi abrupto. Algunos puntos y algunas tramas quedan sin una
conclusión totalmente gratificante, es una decisión poco satisfactoria… Y creo que fue la correcta. Porque un final
totalmente pesimista o totalmente optimista hubiese sido deshonesto sobre las
emociones que sentimos ahora. No se puede tener una conclusión cuando la
historia de tu país sigue en puntos suspensivos. Para cuando escribo, vamos a
tener votaciones presidenciales (siento que llamarlas elecciones es generoso) y
hay algo de esperanza de que al fin saldremos de la dictadura mientras que la
sombra del terror y de la experiencia con votaciones previas aun nos cubre. Y
no sé si en unos años vuelva a escribir estas palabras estaremos en un mejor o
peor lugar. Pero sé que hay ser sinceros con nuestro sentido de incertidumbre y
sobre que aún no sabemos dónde poner tanta duda y dolor. Y por hacer
exactamente eso, diría que Simón es la obra correcta para este momento.
Que la frase que siga estos puntos suspensivos que
vivimos sea buena.
Recomendada para: aquellos
que quieren darse un tiempo para reflexionar sobre la crisis que ha sufrido
Venezuela, los que buscan un buen drama sobre buscarle sentido al dolor o aquellos
que solo quieran entender más a sus amigos venezolanos.
No Recomendada para:
alguien que sea muy sensible a escenas de tortura, que busque algo mucho más
esperanzador o que tenga rechazo a algunas escenas románticas o dramáticas que
pueden sentirse algo artificiales.
¿Me gustó a mí? Sí
Disponible en: Netflix
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