miércoles, 6 de marzo de 2024

Simón y la incertidumbre emocional de ser venezolano

 


Nota inicial: Si por casualidad me lee alguien fuera de Venezuela o alguien muy joven que quizás no esté informado, Venezuela ha estado bajo dominio de un régimen autoritario desde hace cerca de 25 años, que ha consolidado lentamente su poder hasta poder consolidarse actualmente como una dictadura. El filme discutido el día de hoy trata sobre uno de los mayores tiempos de crisis económica, donde la escasez, la inflación y el terror del estado llegaron a niveles inhumanos, resultando en la muerte de cientos y en la migración de millones de venezolanos. Debido a esto hubo protestas en 2014 que fueron fuertemente reprimidas por la dictadura, habría más protestas y más destrucción hasta 2019. En los últimos años, la situación en Venezuela ha cambiado pero el control político recae meramente en un partido y económicamente el país está lejos de la estabilidad incluso comparado con otros países de la región. Este no es un blog de política, ni pretendo involucrarme en eso (de hecho, admitiré que, aunque sincero, mi resumen es totalmente subjetivo). Pero dado que este es un filme donde el tema político y el contexto de las protestas que el protagonista vive y los venezolanos de mi generación presenciaron es clave para el drama central y el análisis del mismo, creí que un breve repaso histórico era necesario. Espero que el resto de la reseña sea del gusto de quienes la lean…

¿Qué significa ser venezolano? Como alguien que ha sido venezolano por casi 3 décadas de vida, aun no creo poder responder con exactitud. Definir una nacionalidad, como definir todo en la vida, es más complicado de lo que la mayoría cree. Después de todo una nación se compone de aquellos que nacieron en sus territorios, de aquellos que no nacieron pero consiguieron su hogar aquí, de sus descendientes que están fueras de sus fronteras, del pobre, del rico, del criminal, del inocente, del que usa su poder para oprimir dentro de la nación y de aquellos que sufren bajo ese poder, sin mencionar de aquellos en el medio que solo buscan sobrevivir, todos son experiencias diferentes imposibles de juntar y aun así todos forman una misma nación. Pero una nación también se compone de historias y momentos, ya sean de las mayores tragedias que fueron sentidas por todos o por instantes más alegres como una canción icónica que se vuelve sinónimo con haber nacido en una nación. Pienso en particular en la versión larga de Feliz Cumpleaños, que se ha cantado tanto por mi generación como las anteriores al punto que me pareció extraño la primera vez que escuche que no se cantaba fuera del país. Son solo unos versos adicionales a la canción conocida con un poco más de poesía, quizás un poco cursi y no del todo necesaria, pero al escuchar esa versión de Feliz cumpleaños al inicio de Simón, ya sabía que esta era una película con toda la vida y alegría de ser venezolano… Y cuando me fijé que la canción de cumpleaños era cantada a una persona con lentes negros, recordando a las personas que terminaron ciegas por disparos con perdigones en las protestas de 2014 (entre muchos otros años), supe que era un filme sobre todas las durezas y luchas que también forman parte de ser venezolano.

 


La escena continúa, confirmando la relación del filme con las protestas ocurridas en el auge de la crisis venezolana, intercalando el feliz cumpleaños con montajes de cámara lenta que parece recordar momentos de intensidad de una película de guerra (como debió sentirse para los protestantes en su momento). Rápidamente conocemos a Simón, el protagonista de la película que orienta la perspectiva de la misma, viviendo en Miami en una condición económica delicada como muchos inmigrantes y entendemos que los recuerdos que hemos visto son una versión subjetiva, quizás hasta romantizada de su vida en Venezuela. Este se vuelve el modus operandi del filme, Diego Vicentini, el director y escritor del filme conserva el tono apropiado para cada escena sin romper las normas de la realidad, pero manteniendo en la mayoría de las escenas la perspectiva subjetiva de Simón expresada en un lenguaje, a falta de una palabra mejor, muy hollywoodense. Vicentini usa el lenguaje de las películas comerciales para expresar como Simón ve el mundo: las escenas en que Simón termina bajo la captura y tortura de las fuerzas de seguridad se sienten como una película de terror, los momentos en los que baila en una discoteca en Miami enamorándose de una persona y simbólicamente de la normalidad que encuentra en un nuevo país se siente como un sueño de colores. Esto funciona a favor del filme y en su contra, pues, aunque Vicentini entiende bien el lenguaje del drama, a veces va muy lejos en su construcción de escenas para el mayor impacto dramático. Esto conlleva a que lo que debería ser un filme personal sobre un protestante buscando refugio en un nuevo país, se vuelva de la nada en un filme de crimen y acción en unos minutos o un romance que puede parecer algo trillado de “Chico con trauma consigue Chica que busca arreglar a alguien”. No es que estos momentos no tengan propósito: de hecho, esa escena de tensión sirve para mostrar cómo, aunque el protagonista escapó el peligro de la dictadura aun enfrente el peligro de ser inmigrante y se siente como una extensión del mismo peligro que intenta escapar. También el romance que se encuentra en la película tiene sentido si lo vemos como que el protagonista busca algún vestigio de normalidad en la situación cruel que ha vivido. Entiendo por qué están aquí pero no puedo evitar pensar que, con los arquetipos de drama utilizados, se puede sentir algo artificial en un filme que el resto del tiempo es mucho más sobrio.

Pero, por otro lado, Vicentini nunca pierde control del tono. Aun en las escenas más dramáticas, el tono no es tan exagerado que no nos importe lo que pase o rompa la realidad de la película. Sabe tomar las decisiones correctas para que esta historia y sus personajes se sientan de carne y hueso. Vemos el control sobre estos tonos en una escena en la cual Simón habla en línea con sus viejos compañeros de universidad: en lugar de mostrar la videollamada, vemos a los personajes en su viejo salón, lo cual podría sentirse como que rompe un poco el tono realista pero el filme no exagera demasiado con el enfoque y las actuaciones ayudan a establecer la autenticidad de la conversación y cuando vi el plano general en el que Simón se veía solo en contraste con el plano general en que todos sus compañeros están del otro lado, supe que el filme estaba transmitiendo bien el sentir de aislamiento del protagonista. Así es como podría describir al filme: una serie de decisiones y restricciones pequeñas pero que hacen la diferencia y hacen que el producto funcione.

Vemos esta funcionalidad también en las actuaciones: Roberto Jaramillo es una fuerza imponente en escena que a la vez sabe transmitir suficiente calidez y carisma en su personaje que hace que lo entiendas perfectamente como el mejor amigo de Simón. Jana Nawartschi como el interés romántico, más allá de mis criticas ya discutidas, no cabe duda de que sabe darle realismo y tridimensionalidad a un personaje francamente noble. Luis Silva como Joaquín era el personaje que más me preocupaba que podía terminar siendo una caricatura pero, de nuevo, el filme sabe mantener el tono adecuado para un personaje no del todo agradable pero aun así humano. Una actuación que puede pasar desapercibida es la de Pedro Pablo Porras, que retrata el sadismo indefendible de un guardia nacional torturador pero que detrás de la caricatura villana presenta algunas expresiones claves que expresan la motivación y psicología de su personaje. Pero hay que destacar a Franklin Virguez, que usualmente tiene un estilo de gran expresión emocional que funciona bien para el melodrama de las telenovelas o la teatralidad del escenario, pero puede terminar matando el tono de un filme serio. Afortunadamente Virguez sabe manejar una escena con lo que solo se puede describir como una mirada inquietante y el filme entiende que esto es suficiente para mostrar el poder y maldad de su personaje. Se siente como una evolución de personajes malvados que ha interpretado antes, como la vez que interpreto el mismo a un guardia torturador en el corto La Tumba, se siente como interpretó tan bien a un villano que lo ascendieron a jefe del campo de tortura en este filme.


Pero por supuesto, un filme como este vive o muere por su actuación principal y afortunadamente la actuación de Christian McGaffney está a la par de las necesidades del proyecto. Alternando entre los tiempos de protesta llenos de idealismo y el presente plagado de dolor y arrepentimiento, el cambió no solo se ve en el físico con el peinado y la barba, sino en la mirada de tristeza que McGaffney mantiene en cada toma sin sobrevenderla. Pero también hay una emoción dentro de su actuación y dentro del filme que creo que es la clave del centro emocional de esta historia: la culpa.

Aquí es donde más allá de charlas sobre calidad y sobre qué funciona y qué no dentro del filme que ya se ha cubierto en este texto, es dónde puedo decir que conecto personalmente con la obra. Porque al final una obra de arte busca exponer una verdad emocional en una forma que sea captada por la gente que reciba la obra. Si esta conexión no existe, no importa si el resto de la obra “funciona”. Y lo mismo al revés, toda la charla técnica sobre el filme, aunque importante, es secundaria a un echo simple: cuando Simón lloró en una escena clave en el clímax del filme: lo sentí. Sentí esa tristeza, sentí esa rabia, sentí esa culpa. Porque a pesar de que esta es una historia ficticia sobre alguien muy diferente a mí: un líder estudiantil que sufrió tortura y huyó del país mientras que yo soy alguien que, lo confieso, ha puesto prioridad su vida personal por encima de la política y ha logrado sobrevivir y mantenerse aquí, al final por la magia del arte que trasciende experiencias ficticias y reales, se comparte un sentimiento en común: culpa de no haber hecho lo correcto. Culpa por perder esta nación. Culpa por los que murieron en protestas, torturas, de hambre o por enfermedad, a pesar de que uno sigue aquí.


Pero esta es la cuestión con la culpa, la rabia, la tristeza y las emociones en general: tienen dos cualidades peculiares: 1) no son racionales, después de todo, los responsables de las muertes y la tragedia del país son los políticos y militares que tomaron el control del gobierno y establecieron la dictadura. 2) Las emociones cambian. En 2014 mi ira parecía eterna, hoy no ha desaparecido, pero es menos visceral. Y eso en sí mismo trae sus propias emociones deprimentes: ¿Cómo puedo dejar de sentir la misma rabia cuando no somos más libres ahora que hace 10 años? Seguro, ahora puedo conseguir más comida, pero ahora tengo más miedo de hablar en público, incluso la minúscula posibilidad de que algún cargo importante de la política lea algunas de las cosas que he escribo aquí me asusta un poco. Pero, aun así, no estoy tan enojado, tengo más momentos de felicidad y he comprometido más mis ideas que parecían inmutables hace. No sé si soy mejor o peor persona por eso, pero sé que soy humano. Y al final por eso conecto con Simón, tanto el filme como el personaje, se trata de un humano tratando de contestar la pregunta de cómo seguir después de todas las injusticias que nuestro país ha vivido y aún vive.

Y la parte más frustrante tanto para el filme como para nuestra realidad es que no hay una respuesta. El filme termina en un tono ambiguo, casi abrupto. Algunos puntos y algunas tramas quedan sin una conclusión totalmente gratificante, es una decisión poco satisfactoria…  Y creo que fue la correcta. Porque un final totalmente pesimista o totalmente optimista hubiese sido deshonesto sobre las emociones que sentimos ahora. No se puede tener una conclusión cuando la historia de tu país sigue en puntos suspensivos. Para cuando escribo, vamos a tener votaciones presidenciales (siento que llamarlas elecciones es generoso) y hay algo de esperanza de que al fin saldremos de la dictadura mientras que la sombra del terror y de la experiencia con votaciones previas aun nos cubre. Y no sé si en unos años vuelva a escribir estas palabras estaremos en un mejor o peor lugar. Pero sé que hay ser sinceros con nuestro sentido de incertidumbre y sobre que aún no sabemos dónde poner tanta duda y dolor. Y por hacer exactamente eso, diría que Simón es la obra correcta para este momento.

Que la frase que siga estos puntos suspensivos que vivimos sea buena.

Recomendada para: aquellos que quieren darse un tiempo para reflexionar sobre la crisis que ha sufrido Venezuela, los que buscan un buen drama sobre buscarle sentido al dolor o aquellos que solo quieran entender más a sus amigos venezolanos.

No Recomendada para: alguien que sea muy sensible a escenas de tortura, que busque algo mucho más esperanzador o que tenga rechazo a algunas escenas románticas o dramáticas que pueden sentirse algo artificiales.

¿Me gustó a mí?

Disponible en: Netflix

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